
Odio las prisas.
Los semaforos que tienen ese sonido tan rezumbante.
El rocio mañanero e incluso los pasos de cebra.
No me gustan los abrazos, ni la calma después de la tormenta.
Aún no me e acostumbrado al TDT, ni a mirar el movil y no tener ningun mensaje.
No sé utilizar la palabra amor, ni la palabra helimorfismo y muchas veces me confundo con la diferencia entre sarcasmo e ironía.
Me encanta morderme el labio inferior, mirar al cielo y preguntarme qué habrá más allá de mi nariz.
No me gustan las noches de viernes.
Detesto los aires de grandeza y soy egocentrica.
En verdad, no sé tomarme un capuccino sin mancharme la nariz.
Tampoco sé usar el cuchillo ni el tenedor.
No me gustan los tequieros de los comentarios, ni las canciones romanticas; me parecen demasiado pegajosas.
Me hacen reir las canciones tontas, y las caídas de gordos en las piscinas.
Doy demasiada poca importancia a todo lo que no sea relacionado con mi único problema, pero aveces deberia prestar mas atención a los amaneceres por la ventana.
No me importas, no te confundas.
Me despeino sin facilidad.
Me pone nerviosa no saber donde ponerme la servilleta en las comidas de etiqueta.
Mi sonrisa está desdentada, y no podría gustarme más.
Miro por encima del hombro para no sentirme baja.
Y me hacen ilusión las llamadas inesperadas.
Me pierdo con facilidad, pero cuando no encuentro el sur, emigro a su norte.
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